jueves, 17 de agosto de 2017

Carlos Enrique Saldivar

EN LA PALMA DE UNA MANO ABIERTA

No dispongo de mucho tiempo, así que contaré esta historia de una manera brusca, como decían siempre mis hermanas al referirse a sus alicaídas citas en las que siempre las choteaban por intolerables. Yo, siendo hombre, soy más amable que ellas, de modo que no entiendo por qué debo desaparecer de la faz de la Tierra. ¿Por qué a mis veintiún años tengo que alejarme de mi amado lugar de origen a esta velocidad vertiginosa que poco a poco desgarra mi cuerpo y desintegra mi conciencia? Ya pronto no quedará nada de mí, por lo que expulsaré estas palabras en tanto mi mente lo resista, y si alguien logra captar mi mensaje espero que pueda creerlo y advierta al mundo de este indecible horror, retratado mediante el alucinante y macabro hecho al que voy a referirme.

Yo fui el primero en observar el fenómeno, estoy convencido, pues nunca nadie habló de ello, ni mis amigos, vecinos, ni mi familia. No lo mencionaron en los noticieros, ni fue escuchado por la radio, pero sucedió, sé que sucedió, de eso no cabe duda, porque yo no sería el único que contemplaría aquello. Cuando lo miré por primera vez, yo estaba en mi casa. Mi residencia es grande, tiene tres plantas. La última es una gran azotea donde a veces hacía travesuras con mi linda enamorada Bianca. Fue en una de esas noches de orgasmo frenético a la luz de la luna, cuando reposaba satisfecho sobre mi manta celeste y el aire rozaba con suavidad mis mejillas. Bianca ya se había ido después de hacerme dichoso. Me daba flojera vestirme y bajar a mi cuarto. Aún estaba decidiendo qué hacer, cuando eso pasó a gran velocidad por el cielo. Pensé al principio que se trataba de un cometa, pues poseía cabeza y cola, además dejaba tras de sí una gran línea de fuego amarillo fosforescente. De pie, en mi azotea, lo contemplé largo rato hasta que desapareció tras los cerros. Su tránsito duró aproximadamente dos minutos, eso demoró lo que vi. Me entraron deseos de coger un taxi y llegar hasta el lugar donde el cometita descendió, pero no había pruebas de que lo hiciera. Cuando lo observé, avanzaba en línea recta y tal parece que siguió de largo a través del planeta, como si estuviera de paseo por el mismo. Eso, en definitiva, no había bajado. Me vinieron a la mente las locas historias que había oído acerca de ovnis que se estrellan contra la Tierra, o sobre meteoros que traen consigo extraños seres de otros mundos, como abominables bacterias o virus indestructibles. Incluso recordé una oscura historia sobre ángeles caídos que encallaban en nuestro planeta, provenientes de otros planos de existencia y que sobrevivían para luego tomar forma humana, aniquilar gente y cometer estragos por donde pasaran. Esas historias eran solo ficción, así que no me preocupé mucho por lo que fuera aquella cosa. Pero eso sí, en la noche tuve un sueño muy pesado, en mi inconsciente se retrataba la figura de un gran puño cerrado que me golpeaba con saña el rostro, luego se abría dejando ver sus horribles dedos puntiagudos que atravesaban mi cuerpo y me arrancaban las entrañas.
No conté a nadie lo ocurrido atribuyéndolo a una fantasía de mi noche de desnudez total en la azotea, donde la pasión atrevida de Bianca me hizo ver estrellas desmoronándose en el cielo, en puntos donde seguro no había nada. Me sentí muy triste en los siguientes seis días porque a mi linda y pegajosa novia se la había tragado la tierra, eso pensé en el momento (ironías de la vida, ella no entró a tierra, fue al revés, ya hablaré de ello). No tuve noticias suyas y eso me preocupó. No pude ubicarla en su casa. Sus padres me dijeron que la última noche que la habían visto salió furibunda a la calle diciendo que ya no quería saber nada de ellos. Pensaban que se había fugado con alguien (con cualquiera que no fuese yo), ella tenía esa personalidad: impredecible. En fin, se especuló un sinnúmero de cosas. Bianca estudió conmigo en el mismo colegio, sus papás no querían que tuviera enamorado, de modo que no me atreví a decirles que esa noche la pasó a mi lado hasta muy tarde y que de un momento a otro se había ¿evaporado? Callé, pues además creí la historia de que ella me había abandonado yéndose a vivir lejos con otro tipo, ya que esa vida de libertad que tanto anhelaba nunca se la hubiera podido ofrecer yo que, a pesar de mi gallarda imagen, no era solvente en lo económico. Me lo creí. Pobre de mí. Aunque recordé el incidente del cometa y me dije que a lo mejor quedaba otra posibilidad: que algo malo le hubiera pasado.
A los siete días aquello reapareció. Sobrevoló el cielo frente a mi casa y lo vi por la ventana. Avisé a mis dos hermanas menores y ellas también lo vieron. Mi madre se acercó tímidamente a la ventana y afirmó con la cabeza sonriendo, «un avión», dijo. Mis hermanas intentaban describir aquello, pero no podían; en definitiva no era un avión, parecía más bien una estrella fugaz, un meteorito, un cometa. ¡Sí! Podía serlo, tenía cola y cabeza, aunque de estas parecían brotar puntas de fuego. El fenómeno siguió casi cuarenta segundos, después a gran velocidad el bólido desapareció tras un enorme cerro. El distrito donde yo vivía estaba rodeado por cerros que limitaban con la provincia. Mi madre y mis hermanas no hicieron comentarios sobre eso. ¿Acaso el único con sentido común era yo? ¿Qué diablos era aquella cosa? Si a nadie le importaba, yo intentaría discernir y develar el misterio.
Esa noche acudí a la casa de mi amigo «Boca de fierro», así le decía porque usaba brackets que le quedaban chistosos en su cara de ratón campestre. Me dijeron que desde la mañana no había noticias de él, cuando en cierto momento empezó a gritar como loco por toda su casa que había visto algo en el cielo. Salió de prisa a la calle para poder mirarlo mejor. Dijo que regresaría pronto. Desde ahí no se le ha vuelto a ver. Al parecer tomó un taxi y se fue quién sabe adónde. ¿A perseguir aquello? El caso es que no supe de él más.
A las dos semanas volví a contemplar a ese espectro surcando los aires, dejando tras de sí aquella tenebrosa estela de fuego amarilla como un láser disparado desde algún cañón escondido en algún cerro cercano a la región. Yo salía de un restaurante, tras cenar comida china con mi padre y mi tío. Ellos proyectaban ir a tomar algo más cerca de ahí. Mi padre al final decidió que volviéramos a casa pues mi madre renegaría si nos tardábamos, además él tenía que laborar temprano. Papá trabajaba revisando estructuras de casas deshabitadas. Aquello pasó ante nuestros ojos a dos cuadras de mi casa, estaba al otro extremo de nosotros, en el cielo. Nos dejó atónitos. Mi tío Josemiki dijo que sus compañeros de chamba se quedarían estupefactos cuando les contara la experiencia y qué pena que no tuviera una cámara de video a la mano. Mi papá, en cambio, no parecía entender la naturaleza del fenómeno. No era persona muy brillante y pensó que era un simple avión. Mi tío Josemiki se quedó a dormir aquella noche en mi casa y me contó un escalofriante relato acerca de una detestable criatura con la que mi familia estaba relacionada: un demonio de gigantescas proporciones que vivía muy arriba, a miles de kilómetros, en algún lugar del firmamento. Yo siempre creí que la bóveda del cielo sólo guardaba en su seno cosas bellas, pero lo cierto es que también era la cuna de grandes abominaciones. Mi tío me dijo que un ancestro nuestro en la época preincaica, la de los grandes guerreros, peleó contra el monstruo y le rebanó una mano a la altura de la muñeca. Luego, con sus poderes de semidiós, lo envió a una cárcel en el espacio. La mano, cuyo color era una curiosa mezcla de un extraño fondo rojo con líneas amarillas, desapareció inexplicablemente de la sala de trofeos de combate en un palacio sagrado y se decía que de cuando en cuando descendía a la tierra para capturar a los familiares y seres queridos de nuestro antepasado. El fenómeno sucedía de forma muy esporádica, por decir: ocho o nueves veces seguidas cada cien años. Ocurriría hasta que no quedaran ya descendientes de aquel guerrero. La mano en forma de meteoro aparecía como por un acto de magia diabólico, tomaba a la persona a gran velocidad y, aunque esta se hallara dentro de una casa, se la llevaba con todo y vivienda, la atrapaba entre sus dientes, que tenían figura de dedos, conduciéndola hasta el lugar donde descansaba el horrendo leviatán, el cual se mantenía vivo devorando con lentitud a las infortunadas víctimas que felizmente no sufrían el martirio, pues al llegar a aquel sitio perdido en el cielo ya estaban muertas.
«Nadie puede soportar la catastrófica presión del espacio exterior. Nadie soporta la caída de mundos inconcebibles sobre su cabeza», decía mi tío.
Esa noche el tío Josemiki durmió en el sofá. Me sentía impactado al dirigirme a mi habitación. Soñé que aquello regresaba y que cuando mi tío lo veía pasar por la ventana, era atrapado y sus huesos triturados para ser llevado como alimento a una horrenda cueva en el espacio. Al amanecer, cuando desperté, en mi casa todos comentaban la desaparición del tío. Al parecer había ido a comprar cigarros de madrugada a una tienda que siempre estaba abierta. Eso dijo mi padre, aunque mi madre, al intentar corroborarlo, se dio con la sorpresa de que el dueño del lugar no había visto para nada al extraviado. Un hecho inexplicable: la ventana del primer piso estaba destruida hasta su base de cemento, como si una dinamita hubiera estallado, sin embargo nadie vio ni oyó nada. En la calle ni siquiera el guardián de la cuadra se había percatado del espeluznante fenómeno. Había estado atento toda la noche; empero, lo que hubiera sido eso, si hizo ruido, procuró hacer el menor posible, a fin de lograr su cruel propósito. Muy abatido en mi interior, mientras mis nervios se dilataban, pensé: «el tío también».
A las tres semanas volví a verlo; era la cuarta vez. Yo retornaba de comprar libros en una tienda cercana, y lo avisté volando en dirección al sur. Dejé caer los textos al suelo, me dirigí al primer peatón que hallé y le dije como un bobo: «oiga, ¿ve eso?», pero el sujeto me miró como si yo fuera un retrasado. Corrí hasta mi hogar sin detenerme y me di con la sorpresa de que no había nadie. Examiné todo el lugar palmo a palmo, encontré el gancho de mi madre encima de la baranda de cemento de la azotea. Tenía una pequeña mancha de sangre. Ella lo vio y creyó en ello. ¡No! A esa hora debería estar ahí, con mis hermanas. ¡Se las había llevado a todas! Sentí un olor a quemado proveniente del piso; de pronto retrocedí horrorizado. Vi dos pares de zapatos ensangrentados pertenecientes a mis hermanas. Pensé que los pies aún estaban dentro de ellos, pero no había pies. La sangre no era mucha, aunque sí la suficiente para darme cuenta de una cruenta verdad: era mentira eso de que las víctimas no sufrían. ¡Sí padecían cuando eran atrapadas por esa cosa!
Cuando mi padre llegó a la casa, me comentó que en una semana le tocaría revisar una moderna construcción en apariencia sólida, y que tenía que descender al sótano de aquella residencia situada en las afueras del distrito. El sótano no era muy grande, si se iba a refaccionar esa vivienda podía pensarse en la opción de clausurar aquel cuarto subterráneo o renovarlo; en fin, él siempre me contaba sus proyectos. De repente, al no encontrar ni a mi madre ni a mis hermanas se preocupó, le dije: «ellas también». Él no mencionó una palabra, solo hizo una mueca triste, de resignación y continuó su vida como si nada hubiese pasado. Así transcurrió una semana de tenebrosa soledad para ambos. Recibí de las manos de mi padre las llaves de la casa que había de revisar, él quería que lo acompañara al día siguiente para realizar el trabajo. Su gran preocupación y su imposibilidad por explicar las desapariciones lo consumían de modo acelerado. Yo conocía el secreto y estoy seguro de que papá, también en lo más profundo de su ser, lo atisbaba. Parecía como si estuviese esperando que las cosas terminaran como acabaron porque después de recibir las llaves, que eran varias (incluyendo las del sótano de la casa deshabitada), decidí hacer el trabajo por él, quien a duras penas comía, caminaba, existía. Después de hacer el trabajo, que debía ser presentado mediante un informe al día siguiente, me dirigí a mi casa en taxi y ¡lo vi! Aquella cosa navegaba en el cielo y lucía más gigante que antes, aunque calculé el tamaño desde aquella distancia y percibí que no era tan grande como aparentaba; pero era grande, tendría unos veinticinco o treinta metros. Me asusté porque iba en dirección a mi casa, luego pareció esfumarse un rato en el cielo para volver a surgir más temible que antes. Abría sus dedos, como buscando algo en la atmósfera, y se fue con rapidez hasta perderse a través del horizonte. Al llegar a mi residencia, grité: ¡papá!, ¿estás bien? ¡Papá! Lo llamé una y otra vez. Mi progenitor me miró por la ventana del segundo piso respondiéndome: ¿qué pasa? ¿Por qué gritas así? ¿Estás mal de la cabeza? Yo sonreí unos segundos; de inmediato mi alegría se trastocó en un inmenso terror, pues mi padre miró hacia el cielo y enseguida retrocedió unos pasos para zambullirse dentro de mi casa ¡que era cargada en vilo por un puño gigantesco que se abrió extendiendo sus dedos! ¡Levantó la casa entera desde el ras del piso como si fuera una pieza de torta sostenida por una paleta, y la llevó hacia arriba, en dirección a las nubes! La aparición fue una especie de visión fantasmal que se extinguió de súbito, y con ella a mi papá, aún escucho sus gritos, ahogados de horror, gemir desde dentro de la casa que se perdió a una velocidad apabullante en el cielo.
¡Lo he visto! ¡La he visto! ¡Y estoy condenado! Todos lo vieron y creyeron, luego se extinguieron sus cuerpos. El relato era cierto. Cogí las llaves y las puse en mi bolsillo, saqué el poco dinero que quedaba en mi billetera y en un taxi me enrumbé a la casa deshabitada que mi padre en cierta forma me había cedido por ese corto espacio de tiempo muy a mi desdichada suerte. El conductor del taxi me veía sudar frío rezando en voz baja, con mis ojos clavados en la ventana, por ahí miraba hacia arriba, rogaba que no bajase ninguna maldad ignominiosa de la bóveda celeste; quizá por eso me trasladó muy rápido dejándome en el terreno descampado donde se hallaba la vivienda. El taxista casi se fue sin cobrar, muy asustado ante su ultranervioso pasajero. Mientras viajé en el auto, oí el chirrido de eso que se acercaba en el aire, pero no fue sino hasta que estuve cerca de la casa que lo escruté en el cielo, lo contemplé a lo lejos, ello salía desde atrás de un cerro como una cabeza… un puño cerrado que pronto abriría sus cinco dedos puntiagudos, dispuestos a trinchar mi pobre cuerpo para poder alimentar a un ser indescriptible.
Hubiera deseado tener la fortaleza de mi antepasado en aquellos momentos, de alguna manera la tuve pues desafié a esa cosa gritando: «¡Me quieres, ven por mí! ¡Moriremos juntos esta vez!». Había nueve piezas de dinamita en el desván de la casa que mi padre había guardado aparte, por si querían demolerla, les amarré una mecha larga, coloqué la dinamita en el segundo y primer piso, y bajé al sótano, estiré la mecha lo más que pude. Tras cerrar la puerta del sótano con llave, me dediqué a analizar la situación. Estaba seguro de que el cuarto estaba situado por lo menos a tres metros bajo tierra y aquello podría confundirse durante la explosión llevándose nada más la casa desde el ras del suelo. Así yo me salvaría, ya que el sótano se encontraba bajo el nivel de altura de la casa. Quizá aquella entidad, al no recibir su mano gigantesca con comida, se odiaría a sí misma ante su torpeza y desistiría finalmente de su maléfica costumbre. Sueños. Solo sueño. Mi hora está por llegar y aquella mano voladora no me permitirá seguir viviendo, puedo apostarlo, estoy ya convencido de ello cuando siento el temblor, a la tierra agitarse y algo levantándose encima de mí. Aquello ha llegado. Enciendo la mecha y unos segundos después algo estalla sobre mi ubicación. Ha debido ser muy violento porque todo alrededor mío ha temblado. La sensación fue demoledora, caigo pesadamente hacia atrás, me desmayo…

Cuando desperté, continuaba dentro del sótano, todo seguía como antes, no percibía la más mínima sensación de movimiento. La puerta se hallaba aún cerrada. Mi cuerpo estaba fijo en la tierra, así que salté y bailé con mucha alegría, había vencido a esa maldita mano de fuego. Esa cosa se había llevado la casa vacía y de seguro con la explosión había resultado lastimada. Estaba feliz, pero mi suerte ¿cuánto duraría? ¿Qué me garantizaba que eso no iba a regresar? Ascendí lento, abrí la puerta dispuesto a ver la luz del sol, agobiado después del terrible trance que fue sobrevivir la noche anterior. ¿Era de día? A través de una delgadísima brecha junto a la puerta del sótano un leve rayo de luz se reflejaba, y mis ojos danzaron con este. Era una extraña luminosidad que cambiaba de color, de amarillo a rojo, de rojo a naranja, de naranja a amarillo, y así sucesivamente.

Abro la puerta del sótano con la llave, salgo al exterior... Lo que veo me hace ensanchar los átomos del cuerpo, porque estoy ascendiendo en un terrorífico viaje a una velocidad sorprendente, tan rápido que no puedo sentir que me muevo. Estoy miserablemente embarcado hacia un destino sádico que me convertirá dentro de poco en el bocado de algún ser innombrable que habita mas allá de las estrellas. El aire se hace sofocante, no puedo respirar, mis ojos se dilatan... mi garganta se ahoga...

ESTOY EN EL ESPACIO EXTERIOR, RODEADO DE LUCES PROVENIENTES DE ASTROS DESESPERANTES. Me hallo ENCIMA DE UN ENORME MONTíCULO DE TIERRA QUE HA SIDO LEVANTADO DE CUAJO PARA ASCENDER EN UN TEMIBLE VIAJE HACIA LO IGNOTO...

ESTOY EN LA PALMA DE AQUELLA MANO ROJO NARANJA, PALMA ABIERTA DE PAR EN PAR, QUE DISPARADA ME LLEVA HACIA ARRIBA, MUY, MUUUY ARRIBA, MáS ALLA DE LAS ESFERAS, HACIA ALGUNA NEGRA GALAXIA...

YA CASI NO PUEDO DECIR NI PENSAR UNA PALABRA MÁS. IGUAL, SÉ QUE AQUí NAAADIE PUEDE ESCUCHARME...


¡MIS PULMONES SE ENSAAANCHAN!

¡MI ALMA GRITA!


¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooooooooooooooooooooooooo….....

¡MI TIEMPO SE AGOTóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóóooouuu.........


Atmosphera Post Mortem

                                                              Presentación de nuevo CD

Cristian Javier Ambrosio


One Way.


Polvo al polvo,
nada más.
La sola expresión 
que intenta delinear
lo indescriptible,
constituye 
la única posible resistencia.

¿El sol?  Una convulsión en el abismo.
¿La fe? El miedo huyendo a las profundidades de la mente.
¿La esperanza? La verdadera máscara del caos.

Pánico, dolor, consumación:
los lóbregos rostros reales
que se ocultan tras la flor,
el ave,
la sonrisa del niño.

Efímera casualidad,
elijo arrostrar tu cruel faz
y ser testigo y ejecutor
de tus ciegos designios.

Pero en la tarde final,
con campanas o sin ellas,
la prisa recogerá su vestido 
y te entronizará, oh fatalidad,
como absoluto monarca
del tiempo.





...................................



Anoche, en la hora de las sombras
cuando todo es quietud sepulcral,
cavilando en callados horrores,
doce campanadas sentí repicar.
En mi cama, en la casa, en el mundo,
parecía gran calma reinar.
Mas nunca me fié del silencio,
viejo preludio de toda tempestad.
Y una vaga impresión, súbitamente,
de antiguos tormentos los rescoldos avivó.
Poco a poco hizo carne en mi mente
un negro presentimiento que ya no me dejó.
Supe que aquel día era el fijado
por arcanos designios del mal,
que vendría, con su rostro más odiado,
los despojos de mi cuerpo a buscar.
De repente lo oí: imperceptible,
más no para el presagio que había en mí.
Sonidos reptantes, poco audibles,
viscosidad desplazándose, un gemir...
El miedo mordió mi carne trémula,
mientras el mal sin rostro oí avanzar,
lentamente, con vahos putrefactos;
lentamente, pero sin descansar.
Tornóse helado el aire circundante,
y en las tinieblas vagas formas percibí.
Junto a mi lecho, sapos, sierpes, expectantes,
oscuros heraldos del Maligno eran aquí.
Y como ocurre al náufrago que nada
del destino podría ya esperar,
así cobré valor en la hora aciaga
y me dispuse a los abismos enfrentar.
De un salto me adueñé del negro espacio,
cientos de insectos y reptiles aplasté,
y buscando hallé bajo la cama
antiguo cofre que olvidado un día dejé.
Allí, el puñal forjado por los Sabios,
pieza de un arte supraterrenal,
aguardaba desde antiguo ser llamado
a su poder terrible liberar.
Mi mano ya no volvió a ser mía,
en el instante en que instrumento me volví
de una ancestral y prehumana profecía,
que encontraba aquella noche su fin.
Y como se acometen las empresas más odiosas,
que prontamente se quieren terminar,
así me lancé hacia las sombras pavorosas,
presto a morir, mas nunca sin luchar.
Fuera de mi cuarto hallé silencio.
El universo parecía inalterado.
Y una duda asaltó mi pensamiento:
¿y si todo aquello había soñado?...
Pero el puñal en mi mano fue certidumbre
de una fuerza que, ajena a mi razón,
inminente, acechante, se cernía
como una sombra creciendo en derredor.
De pronto lo vi, al menos fugazmente:
indescriptible en su corporeidad,
repulsivo amasijo tremulante,
palpitantes fauces por millar.
Horror parido en el seno de la mugre,
cubierto de llagas que resuman fetidez,
allí lo vi un instante, y luego supe
que mi destino era enfrentarme a ese ser.
Amorfo era, mas no por ello lento.
En un segundo lo tuve sobre mí.
La eternidad cupo en un momento,
mi hora postrera allí mismo presentí.
El dolor lacerante de mi carne
macerada por ácida reacción,
me devolvió al presente un instante,
el suficiente para obrar sin dilación.
Sujeto firmemente en mi mano
el cuchillo ritual tenía aún.
Parecía tener conciencia propia,
mi brazo dirigió con prontitud.
Y dotado de extrañas nuevas fuerzas
asesté un violento embate que dejó
a la horrenda criatura tambaleante,
y de encima de mi cuerpo al fin salió.
Sin dudarlo, acometí de nuevo,
mi victoria inicial me dio el valor.
Y descubrí, horror de los horrores,
que de las sombras otro ser apareció.
Y luego otro, y más allá un tercero,
hasta que tan rodeado yo me vi
de funestos endriagos, que en mi fuero
interior, en el averno me creí.
Cuando se pierde la esperanza, el coraje
toma partido y arremete sin piedad.
Así ocurrió en mi hora más sombría,
que al abismo le gané con un puñal.
Luego de un rato (¿un siglo? ¿Unas horas?),
me hallé en medio de cruenta mortandad.
Masas que fueran demonios palpitantes,
yacían inertes como bultos al azar.
Más cuando ya creía haber vencido
a los crueles ejércitos del mal,
un horror supremo me aguardaba,
burla reservada para el final.
La aurora comenzaba tenuemente
a ganarle espacio a las tinieblas,
poco a poco, inundando el firmamento,
la luz borró de la noche la mueca.
Y allí, me cuesta aun escribirlo,
dispersos, en las poses del final,
no hallé a los seres que hace poco combatiera:
¡Mis familiares ocupaban su lugar!
Y comprendí el alcance del poder
que tiene el mal cuando arrasa sin piedad:
si cumplir su destino se le impide,
forma de vengarse encontrará.
Supe en aquel mismo momento
que la hora era llegada para mí.
Mejor ponerle fin a los tormentos
con el puñal, que una eternidad sufrir.
Esto dejo como todo testamento:
una historia de dolor y de maldad.
Caminante, no te enfrentes a lo eterno
que vive tras las sombras sin final.
El mal tomará el rostro de tu rostro,
la sangre ceniza se volverá.
Y tú estarás maldito para siempre
y ya nada el sortilegio romperá.
Anoche, en la hora de las sombras
cuando todo era quietud sepulcral,
cavilando en callados horrores,
doce campanadas sentí repicar..


Anah Widow Majer‎




martes, 15 de agosto de 2017

La biblioteca de los libros vivos


    Has entrado a la biblioteca del Ciclope donde guarda cada libro de monstruos, vampiros, locuras, asesinos, y demás seres que hallas conocidos en los genios de la literatura del terror, misterio y suspensos, ¿pensate que has leído todo? jajaja acompáñenme… 



You've come to the library of Cyclops, where you keep every book of monsters, vampires, follies, murderers, and other beings find yourself known in the literary geniuses of terror, mystery and suspense,? pensate that you have read it? join me ... lol


 Detrás de esta puerta secreta, se encuentra unas escaleras, y debajo esta la biblioteca de los libros vivos, nadie se atrevió a bajar es un lugar lleno de temor solo yo puedo bajar, ahí hay libros que se han olvidados por el transcurso de los años, solo se los menciona por simple comentarios, pero nunca mas sean vuelto a leer, eso genero que sus personajes cobren vida y conversan entre si allá abajo.

Escuchas eso son gruñidos hoy serán los primeros en acompañarme, tomen una antorcha, bajemos, esta oscuro y húmedo jajaja miren ahí esta saliendo un libro que esta a punto de leerles… 


Behind the secret door is a staircase, and below this the library of living books, no one dared to go down is a fearful place I can only go down, there are books that have been forgotten over the course of the years , mentions only the simple quote, but never more have been reading, that genre that his characters come to life and talk to each other down there.
Hear that are grunts today will be the first to join me, take a torch, go down this dark and damp this out there lol look at a book that is about to read 

                                                                          John Ajvide


Déjame Entrar

Oskar, un niño solitario y triste que vive en los suburbios de Estocolmo, tiene una curiosa afición: le gusta coleccionar recortes de prensa sobre asesinatos
violentos. No tiene amigos y sus compañeros de clase se mofan de él y le maltratan.
Una noche conoce a Eli, su nueva vecina, una misteriosa niña que nunca tiene frío, despide un olor extraño y suele ir acompañada de un hombre de
aspecto siniestro. Oskar se siente fascinado por Eli y se hacen inseparables. Al mismo tiempo, una serie de crímenes y sucesos extraños hace sospechar a la
policía local de la presencia de un asesino en serie.
Nada más lejos de la realidad.

( Fragmento de la novela )

Blackeberg.
Puede que pienses en trufas de coco, tal vez en drogas. «Una vida ordenada». Te imaginas una estación de metro, extrarradio. Después no hay mucho más que pensar.
Sin duda vive gente allí, como en otros sitios. Para eso se construyó, para que la
gente tuviera algún sitio donde vivir.
No se trata de un espacio que se haya desarrollado de forma natural, no. Aquí
estuvo todo desde el principio planificado al milímetro. La gente tuvo que instalarse en lo que había. Edificios de hormigón en colores ocres esparcidos por el verde.
Cuando esta historia tiene lugar, Blackeberg lleva treinta años existiendo como
población. Podría uno imaginarse un cierto espíritu pionero al estilo del Mayflower;un territorio desconocido. Sí. Imaginarse las casas deshabitadas esperando a sus inquilinos.
¡Y ahí vienen ellos!
Cruzando el puente de Traneberg con el sol en los ojos y sueños en la mirada.
Corre el año 1952. Las madres llevan a sus hijos en brazos, en cochecitos de bebé o dela mano. Los padres no llevan consigo azadas ni palas, sino electrodomésticos y muebles funcionales. Puede que vayan cantando algo. La Internacional tal vez. O Vayamos a Jerusalén, según la forma de ser de cada uno.
Esto es grande. Es nuevo. Es moderno.
Pero no sucedió realmente así.
Llegaron en el metro. O en coches, camiones de mudanzas. Uno a uno. Entraron en los pisos recién construidos llevando consigo sus enseres. Organizaron sus cosas en cajones y repisas de medidas estandarizadas, colocaron sus muebles en fila sobre los suelos de linóleo y compraron otros nuevos para rellenar los huecos.
Cuando terminaron, alzaron la vista y vieron la tierra que les había sido dada.
Salieron de sus portales y se encontraron con que todo el terreno estaba ya repartido.
No podían hacer más que adaptarse a lo que había.
Había un centro. Había amplios parques para los niños. Había extensas zonas
verdes alrededor de las casas. Había zonas peatonales.
—Es un buen lugar —se decían entre ellos alrededor de la mesa de la cocina unos meses después de la mudanza.

—Hemos llegado a un buen sitio.
Sólo faltaba una cosa. Una historia. En la escuela, los niños no podían hacer un
trabajo especial sobre la historia de Blackeberg, porque no la tenía. Bueno, algo había acerca de un molino. Un rey de la pasta de tabaco. Algunos curiosos edificios antiguos a orillas del lago. Pero de todo aquello hacía mucho tiempo y no guardaba relación alguna con el presente.
Donde ahora se alzaban edificios de tres alturas, antes no había más que bosque.
Los misterios del pasado no estaban a su alcance; no tenían ni siquiera una iglesia.
Una población de diez mil habitantes, sin iglesia.
Eso ya dice bastante de la modernidad y racionalidad del lugar. Bastante de lo
ajenos que eran a las calamidades y al terror de la historia.
Lo cual explica en parte lo desprevenidos que estaban.

Lautaro Arauco

XV - Abismos

XV

Ahora cuento abismos
de tu cama a mía
insomnios de la espera

Abismos de todo
y a la vez de nada

Ahora cuento
crepúsculos
estrellas
recuerdos

Cuento pasos

silencios

y todo este tiempo de sobra
que dejó  tu ausencia



(Extracto del libro Cahuitl)

Silvia Balladares


"El Sabbath de las brujas", por Arthur Rackham (1867-1939). Ilustración para 'La leyenda de Sleepy Hollow' por Washington Irving, 1928.

 
William Blake (1757-1827), "Lucifer y el papa en el infierno" (el rey de Babilonia),1805, pluma y acuarela sobre papel.

lunes, 14 de agosto de 2017

El Doctor CLOCK

 

La palabra del viejo profeta




Hombre atrapado en la blasfemia

Hermanos nos hemos reunido aquí en la casa

LAS MOLÉCULAS EVAPORARAN ESTE MUNDO INFINITO

(Aleluya)
Pero no preocupéis habrán el testimonio que vaga por esa lapida perdida
Unos alabaran en la montaña de fuego – hombre-mujer sin rostro pon tus brazos sobre la cruz de tu hijo. Envía aquellas carrozas abrasada por la niebla y ustedes veréis la serpiente, enmaraña pulmones guíalos por los brazos del señor.
(Aleluya)

Otros vagaran hacia el desierto espinoso, encendiendo antorchas a ese ángel caído de cabellos morforiento indicador de los males y danzaran melodías sangre en cantos

  • ADA SPATROPACUS SSTU TANSÁ SIPÝ RA
En los versículos Apokalius 33.
Los huesos ardan sobre las lagrimas de una vela. Abrir la compuerta “Arie” al vuelo del ave recibirán azotes, mientras que los demonios besaran el trasero y serán guiados asía la oscuridad

(Alabaos sean)
Yo iré a las colinas.
Recuerden hijos, hermanos donde quieran que estén

Solo escucharan y alabaran a única palabra de ambos sabios que habitan en este cuerpo

Miguel Angel Necrologica Necro

                                                     "Quizás el camino sea este..." 

                                                   Apacible invierno

LA MANSION DE LOS HORRORES parte 1 y 2

Saludos amantes del horror soy su Anfitrión el Doctor CLOCK ya llego y no poder quedarte afuera el segundo programa del programa de radio mas siniestra que tus cerebro saldrá corriendo hoy tendremos mas acción, suspenso, escapes, cadáveres una banda invitada Los Chronnenberg y demás historias truculentas que nunca viste asique preparen sus parlantes enciendan por que llega

 Parte 1

sábado, 12 de agosto de 2017

Luces...cámara...acción

Mandragora Brujah
                                                                 Sonidos del inframundo

                                  

                                                     Behemoth O father O Satan O Sun

                                                   Metallica The thing that should not be 
                                                          
                                                                        
                                                       6 MEJORES CANCIONES DE TERROR Y SUSPENSO

                 


                                                                                             
                                                               Sonidos escalofriantes

                                                   Arkona Goi Rode Goi
                                      
                                                      Visones del inframundo 
                                                    
                                                                                               

                                                                                                            




                                                                       Para recordar o acercarse al mundo de la serie American Horror Story 

                                                                                                     
                                                                                                           Starry eyes 


                                                                                        
                                                                                                          Ellos viven